Día deportivo con esencia de centenario.


Definitivamente el día del P. Luis  merece la pena que sea esperado y este año con  más entusiasmo, porque la ilusión de este día es una ilusión compartida entre los niños, sus familias, los amigos, los profes, las hermanas y el pueblo que nos acoge.


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Salió el sol  a las 7: 36 a.m el 21 de abril del 2018,  nuestros niños se levantaron por su propia cuenta, se alistaron con su camiseta de color con el logo del centenario y el chanda  y  llenos de ilusión subieron al autobús que los llevaría a tierras del P. Luis, los kilómetros fueron bastantes para tan esperado destino, el fin principal pasarla bien, reunirse con otros niños y jóvenes en un día deportivo común entre familias y de agradecimiento para este tronco que nos une:  el P. Luis Pérez Ponce.


Las sorpresas no se hicieron esperar y un improvisado arcoíris ilumino el pabellón del pueblo, llegaban autobuses de Baena, de Córdoba, de Vélez Málaga, de Priego, de Lucena, de Cájar, nos uníamos los participantes de Madrid que llegamos el día antes y los del pueblo de  Villafranca que nos acogió, con nuestra indumentaria pintamos entre todos la viva ilusión de reunirnos en un ambiente tranquilo y divertido para  recordar a nuestro fundador.

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Como buenos amigos de Jesús y siguiendo las buenas costumbres del P. Luis y el P. Cosme iniciamos nuestra jornada con una dinámica oración dirigida por Córdoba, una esmerada y táctica oración que nos centro en lo esencial de nuestra unión, nuestra labor en   cada comunidad  y la belleza de alabar con lo que somos y tenemos, el cuerpo, la viva voz con un salmo y un canto, suscitando gracias expresivas y en nuestros  interior  voces de gozo por  los cien años que vamos celebrando, como símbolo sembraron un olivo que posteriormente se plantara en el huerto de P. Luis y que nos dio la fe y esperanza  de otros 100 años representados en la buena tierra, el tallo que seguirá creciendo y las aceitunas que vamos cuidando cada día en nuestro trabajo apostólico.

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Una  vez recargado el espíritu, se calento el cuerpo con un baile en el que participamos cuantos quisimos, posterior  se formaron los grupos que iban de uno a veinte y nos repartimos en  estaciones  por toda la calle Alcolea.
Dio inicio la yincana, con  sorpresa,  actividades nuevas y divertidas como las pelotas gigantes y el tiro con arco, muy comentado entre los niños que esperaban con ansia su turno para participar, el ambiente se torno atrayente, cada nueva parada les daba tesoros visibles e  invisibles que llevarse a casa, se fortalecía la confianza, el trabajo en grupo, la alegría en la simplicidad, la autentica felicidad y el vivir con vida el día.
 La comida es una distinción de fiesta que no falto en este día, la deliciosa paella, una tarta suave y consistente en su simbología, partida y compartida y una sobremesa con tranquilidad y baile.


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El final de la tarde,  la entrega de trofeos y medallas, las fotos por colegios, un especial reconocimiento  al Consejo de la  Congregación, al final, sí,  la pasamos bien, sí,  compartimos y sí que estamos dispuestas a volver el otro año Dios mediante.

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Somos HPM por simple querer, no importa como dice la canción la raza, ni el color de la piel, nuestra Congregación está abierta al gozo sencillo y  vivificador de  cada día.


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